Al enfrentarnos a este término es sencillo formarse una opinión al respecto que, simplificando muchísimo, quedaría resumida en algo así como "saber hacer cosas con ordenadores".
Un poco de búsqueda rápida nos conduce a averiguar que se trata de una de las ocho competencias básicas que han de ser abordadas transversalmente el currículo de la ESO. La cosa se pone seria.
El porqué
La inclusión de este punto en el Real Decreto fue un ejercicio de realismo. Si la sociedad actual es inconcebible sin las TIC, era lógico suponer que esto sería más notable aún en un futuro inmediato. “Hay que formar a los alumnos, deben saber desenvolverse en un entorno digital”, debió pensar alguien. Sí, es cierto, pero...
¿Quién me forma a mi?
¿Puede un profesor que lo máximo que ha hecho es utilizar un procesador de textos enseñar algo a personas, no ya criadas, sino nacidas en un mundo completamente diferente? ¿Es suficiente con la llamada formación de base, el raciocinio, la madurez y la experiencia?
Lo lógico sería pensar que sí, pero ¿por qué entonces son tan frecuentes los casos en que se maneja mucho mejor un niño de 5 años con un teléfono móvil que sus padres?, ¿por qué aprende e interactua con su interfaz con tanta naturalidad?, ¿quién le ha enseñado?. Es más, ¿necesita a alguien que le enseñe?, ¿dónde se sitúa ahora la figura del profesor?.
Definiendo roles
Igual de fácil, sin embargo, resulta encontrar a adolescentes con una herramienta como la Red, sin ningún tipo de límite, que, o bien se aburren o no saben encontrar la información que buscan. Aquí es donde se aprecia la necesidad del profesor.
Servir de estímulo, ayudar a formar un espíritu crítico, analítico y racional y descubrir el amor por el conocimiento. Lo mismo al fin y al cabo que han venido haciendo los profesores toda la vida. Los escenarios cambian, los medios también, pero las personas permanecen.

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